Hay momentos que todos necesitamos cerrar los ojos y evadirnos. Mi lugar para hacerlo es irme a cuando era niña, aproximadamente cuando tenía unos 11 o 12 años. Recuerdo esas tardes de sábado con mi madre y mis tías, sentadas al sol en la era de la casa de mis abuelos, con la radio de fondo y el olor de la empanada que mi abuela hacía todos los fines de semana sin falta en la cocina de leña. Ahora, que vuelvo la vista atrás, esa imagen me parece la felicidad total, un poco interrumpida eso sí por el ruido de la epilady que una de mis tías utilizaba para depilarse.
Supongo que ahora desde otro prisma lo idealizo aun más si cabe, pero nunca pensé que con 45 años tendría ya la necesidad de evocar aquella época tan maravillosa y sin preocupaciones. Y eso es lo que me da mucha pena con respecto a mis hijos, que de golpe porrazo se han llevado una dosis excesiva de realidad. Ya sabemos todos que en los últimos dos años el mundo entero estamos viviendo desafíos propios de novelas inspiradas en futuros inciertos para la humanidad, con tintes apocalípticos. Un pandemia que ha arrasado vidas humanas y nuestra forma de entender la vida social pensábamos que ya estaba bien para meternos el miedo en el cuerpo, pero ahora que empezamos a salir y ver la luz gracias a las vacunas e inmunidad de rebaño, tenemos a un loco poderoso amenazando al mundo entero con apretar el botón nuclear, además de haber llevado a cabo una invasión injustificada y a sangre fría de un país vecino que vivía en paz.
En casa somos de los que vemos las noticias y las comentamos con los niños. Dicen que la información es poder y que es bueno que los más pequeños conozcan la realidad que les rodea, pero a veces, desde el punto de vista de madre no sé ya si es demasiado lo que les está tocando entender y vivir. Pero a la vez pienso que es lo menos que podemos hacer ante esta impotencia y parálisis que vivimos los ciudadanos de bien y es que hay otras personas como nosotros que les está tocando sufrirlo en directo. Mientras yo escribo en mi blog, apesadumbrada y triste, hay niños y madres que están durmiendo ahora mismo en los sótanos de edificios para protegerse de los bombardeos. Los vemos y escuchamos en vídeos que graban con sus móviles, relatándonos una realidad que el resto del mundo estamos viéndolo desde nuestros sofás. Nos cuentan que apenas duermen con el temor de cómo será el próximo día y con la incertidumbre de si volverán a ver a sus padres, hermanos y abuelos, que están luchando cuerpo a cuerpo por la dignidad de un país que quiere ser libre y vivir en paz.
Quiero y necesito ser optimista y pensar que esta pesadilla se tiene que acabar pronto, pero para los que ya han perdido a seres queridos, sus casas y su país, ese mal sueño perdurará y lo peor, que nadie sabe cuando acabará...